Es
Todo el tiempo para mí, como si no hubiera pasado, cual ningún lazo en otro lugar, como la vida ahí y ahora, por lo menos en un tiempo breve, de varios días y noches.
Ámsterdam: que hablando inglés, el idioma …
Mucho he escrito sobre el cerro San Carlos, montaña que vi toda mi infancia, contiene más emociones de las que puedo recordar. Escribí una vez que imaginaba que era un gran dinosaurio dormido cubierto de rocas y un día despertaría y caerían esas rocas gigantes y él, el gigante dinosaurio con su cola envuelta, se extendería, daría un paso, dos, sobre ese mar que le moja las patas y el mundo temblaría.
También lo he soñado. Es un sueño recurrente que hace mucho no me visita, pero cuando viene, mi cuerpo físico dormido, hace que el etéreo ser que soy, recuerde, aquel sueño, que consiste en que el cerro tiene cuevas y penetrando en ellas hay un mundo de vestigios, de alguna civilización, cabezas de serpientes que son fuentes, del mismo mar, caminos y pasadizos, entonces digo emocionado (en el sueño) -¡claro! ¡ese es el misterio!.
Algunos dicen que es un volcán y hace algunos años, vi un video en YouTube que captó a un felino, un gato montés, en las faldas del cerro, con un brinco se perdió, dejándose ver fugazmente.
El fin de año que acaba de pasar, todo bien los últimos días, me sentía muy en paz, con mi mamá, ya grande, la doña Ofe, materia de estudio de mi corazón, es decir, de mi sentir, de el sentido, materia que debo, me digo, escribir, volver canción, poetizar, filosofar, profundizar (aunque no publique eso, eso es otra cosa) con afán de entender el hilo de amor, que de mi ombligo sigue invisible, este desamparo de mi propio corazón y esa escuela que habla, que enseña y siempre va diciendo, que no hay materia, ni maestros, ni pizarra, solo estás tú. Solo el ser.
La doña Ofe pues, me hace pensar eso, ella entre que repite historias, y yo, que no puedo contarle algo como su hijo, porque hay dos o tres barreras o hermetismos, uno es que no se puede pasar de la parte A a la parte B, por la edad, otro es la memoria, las medicinas, sus enojos, su felicidad, sus acumulaciones absurdas de cosas que ya no sirven más que para hacer bulto, sin embargo, aún así, ésta vez, la vi bailar, la vi muy feliz, nos sentamos por horas a escuchar música y escuchar esas historias que la marcaron y me las vuelve a contar y yo la vuelvo a escuchar como la primera vez.
Decía entonces que me porté bien, hasta que en la euforia del año nuevo, en el apogeo, un poco, fue que dejé de sostener el peso de la razón o me quité la camisa de fuerza de la mesura. Todo bien si pensamos que así es la vida, aunque, todo medio mal, cuando me regaño, por salirme de la conducta planeada para convivir y ser civilizado. Había perdido mis lentes y los encontré abajo de la cama.
En medio día del uno de enero, mi hermano Edgar, me invitó a subir el cerro San Carlos. La última vez que lo había subido, fue un 2018 (y mi primera vez) con mi otro hermano, Rubén, que en paz descanse y con sobrinos, amigos y familia.
Subí de nuevo con mi hermano y sus hijas y un par de muchachos. La lancha nos dejó en una ensenada, por donde se suele subir, hasta cierto punto el camino estaba allanado, después unos paseantes desde el mar, mejor dicho otro lanchero, nos gritó, ¡andan perdidos! por ahí no es, ya que íbamos un poco hacia la derecha. Efectivamente nos perdimos entre rocas gigantes, algunas débiles, maleza ligeramente espinosa, veíamos en un momento que nos faltaba bastante para subir, la cúspide se veía muy lejana, seguimos y de pronto, volvimos a la vereda o algo parecido, ya que encontramos piedras, que los senderistas han dejado con flechas pintadas e indicios de sendero. Por fin llegamos hasta arriba de la montaña y se escuchaban allá las músicas del puerto, se veía majestuoso el Mar de Cortez, la inmensa bahía, allá arriba, nosotros felices, las fotos, la cercanía con el cielo, la sensación de fusionarse con cielo, mar, vegetación y piedras, sintiendo el viento.
Se empezó a hacer tarde y decidimos bajar. Yo recordaba que había un zigzag y ese era la vereda, llegamos a una zona, apenas bajando, de pedruscos, picudos y en fractales, se perdía pues el camino con cactaceas y el espinoso follaje, les dije que había que ir a la derecha y veíamos en ese gran vértigo que íbamos algo lejos del punto dónde nos habían dejado y decidí dejar de guiar, entonces mi hermano y los demás quisieron rectificar camino centrándose por un lugar donde el camino se hacia al andar. Era apenas la primera parte de la bajada donde tuvimos que agacharnos entre matorrales y en eso descubro, buscando en la bolsa de mi suéter, que se me habían caído los lentes, y casi lloro, parque además que me gustaban mucho, eran esenciales para enfocar mi borrosa vista de lejos y definir mi vista de cerca, solo me definen, porque veo bien, aunque algo borroso. Por la hora, ya estaba oscureciendo, por esa razón, no hice caso a mi primer impulso, que era buscarlos por ahí cerca, ya que todo indicaba que se me acababan de perder, sin embargo decidí que no, que había que bajar y ni modo, había que bajar todos y cuidar la disciplina y unidad de la comitiva por seguridad, ya que loco sí estoy, pero la edad me ha vuelto protector y un poco (solo un poco) más mesurado. Aparte del asunto de los anteojos, hubo cierto miedo en el ambiente colectivo, hasta decidí llamar a un amigo, para enterarlo de que ahí andábamos, como medida de precaución, sin embargo llegamos a la orilla del mar, con luz ya escasa pero con luz todavía, pasó por nosotros el lanchero para llevarnos al puerto, compartimos viaje con paseantes que venían en la embarcación, vimos delfines, bastantes hermosos delfines y así llegamos ya a oscuras al malecón.
Esa noche, ya en la casa que me vio de niño, soñé con el cerro San Carlos, soñé que era de noche, lo recorría yo solo y había felinos y muchos animales nocturnos en actividad de casería, parecía que estaba ahí en ese misterio que no duerme y también me dije, debes ir amaneciendo Yahir, ve, mañana, tal vez encontrarás tus lentes, si sabes dónde, te diste cuenta, no deben estar muy lejos de la cúspide.
Desperté, desayuné con mi madre la Doña Ofe y busqué quien me acompañara a subir el cerro sin éxito. No hubo gente que estuviera con tiempo (y se entiende) y dispuesta. Hablé con un amigo lanchero y él me dejó ese dos de enero del 2024 en aquella ensenada y subí temprano y sin prisa, todo ocurrió por mi mente, veía aves de mar rondando cerca, escuchaba ruidos, graznidos leves, extraños zumbidos entre los huecos de las piedras. Llegué a la cima, busqué, me senté, miré con catalejos, di una pasada y me decidí a perderme igual en la bajada que la vez pasada, reconocí algunos árboles que el día anterior me pareció ver y llegué al punto, donde calculé que ahí habían quedado. Barrí el suelo con mi vista y nada, no los encontré. Dije, no me puedo rendir y volví a subir, antes de bajar más, pasando mi vista de nuevo por aquellos lares y pensé, como en otras ocasiones ya me ha pasado, los encontraría, pero el cerro es muy grande y mi vista no alcanza para tanto cerro y había que soltar, entendí que ese acto material era espiritual, el de soltar y disfrutar el esfuerzo, entonces me dije, estoy tan pleno en estos instantes del camino, yo quería vivir esto y que no me lo contaran. Llegué a la mitad de la montaña y otra vez me vi enmarañado de maleza, pero esta vez tuve la sensación de que era peor la zozobra y el vértigo. Tenía tiempo, me senté, caminé hacia abajo y hasta me resbalé, me quejé sin pudor y me enfrenté al pesado momento de decidir por dónde y por todos lados era igual el trabajo, porque era hacerme camino, igual de laborioso en cualquier coordenada que caminara en descenso, manos a la obra, veía el horizonte y la brújula era mi casa materna, allá a lo lejos, con mi menguada vista. Llegué a la orilla, llegó mi amigo lanchero, le dije que iba a esa tienda por una agua bien helada y le llevé otra a él, nos sentamos en la banca de su embarcadero, descansé con mi corazón rebosante de felicidad y le pedí que me platicara unas anécdotas que sabía de él, y quería oírlas narradas por él mismo, se trataba de política, de la defensa del puerto que han tenido que hacer, en una lucha sin mucho eco de los lugareños, porque la gente habitualmente no lucha, se deja vencer y se deja comprar. Me la contó y todo, absolutamente fue un regalo.
Entonces me fui a casa de mi madre y descubrí que la vida es así, que a veces uno se desvía, naturalmente del camino, de sí mismo, que uno es como un camino por hacer y trabajar, pero siempre hay una brújula, una guía, una intuición y que estamos vivos, mientras podamos perder el sendero y encontrar cualquier vereda camino a buen lugar.
Les dejo mi canción Soledad